Porque soy bautista

 

Por Qué Soy Bautista
Por el Rev. José Guerra

Hace años, cuando decidí separarme de la organización religiosa para la cual yo servía como ministro, después de encontrar que algunas de sus enseñanzas centrales no armonizaban con la Biblia, nunca pasó por mi mente que alguna vez sería bautista. Mi nueva comprensión del evangelio me hacía ver ahora a todas las iglesias cristianas en un mismo nivel y a todos los cristianos, sin importar su afiliación denominacional, como mis hermanos y hermanas en la fe. Sin embargo, cuando llegó el momento de unirme nuevamente a una congregación local lo hice en una iglesia bautista. ¿Por qué? Porque entre los bautistas encontré más áreas en común con mi nueva comprensión de las Escrituras que en otros grupos cristianos. Es el propósito de este artículo presentar un resumen de las razones de lo que significa para mí ser bautista. Ser bautista es, sin lugar a dudas, identificarme con un cuerpo de creyentes cristianos que desde su comienzo ha sido campeón de la libertad religiosa, un pueblo que ha sostenido siempre que todas las personas son iguales delante de Dios, investidas con derechos inalienables como la vida, la libertad y el derecho de adorar a Dios conforme a los dictados de sus propias conciencias, sin ningún tipo de coerción externa. Aunque estas convicciones no son hoy día propiedad exclusiva de los bautistas, no se puede negar que los bautistas se han destacado desde el principio en la defensa de estas libertades. Al igual que los demás cristianos, los bautistas creemos y proclamamos alegremente el evangelio, es decir, las buenas nuevas de salvación solamente por fe en Jesucristo. Afirmamos que cualquier persona que sinceramente recibe a Cristo como su Señor y Salvador es salva. Esta salvación se obtiene completamente aparte de buenas obras, el bautismo o aun la membresía en una iglesia local, a pesar de que éstos son aspectos importantes de la vida cristiana. Al mismo tiempo, los bautistas firmemente sostenemos las grandes doctrinas del cristianismo como la Trinidad, la encarnación, el ministerio redentor de Jesucristo, su segunda venida en gloria, la resurrección de los creyentes y el triunfo final de nuestro Señor sobre el pecado y la muerte. Los bautistas creemos que la Biblia, como es interpretada por el Nuevo Testamento, constituye la única autoridad en asuntos de fe y conducta, y creemos que cualquier persona, bajo la conducción del Espíritu Santo, puede leer y entender las Escrituras por sí misma. Los bautistas, por lo tanto, no tenemos un credo oficial que nos dicte lo que debemos creer o cómo entender la Biblia. Cualquier doctrina o creencia que es aceptada es sencillamente porque la Biblia claramente la enseña. Como bautistas, somos entonces responsables delante de Dios de ir directamente a las Escrituras para aprender lo que Dios nos dice y con la ayuda de su Espíritu formar nuestras propias conclusiones. También creemos en el sacerdocio de todos los creyentes. Esta doctrina del Nuevo Testamento quiere decir que cada creyente tiene el derecho y el privilegio de acercarse directa mente a Dios, sin necesidad de intermediarios humanos. Por lo tanto, todos los que creen pueden tener una relación directa con Jesucristo. Al mismo tiempo, esta doctrina enseña que todos los miembros del cuerpo de Cristo gozan de los mismos derechos y privilegios, y por lo tanto, no hay necesidad de una clase especial de sacerdotes o de clérigos que controlen los medios de la gracia. También significa que cada congregación tiene el derecho de escoger a sus propios líderes y oficiales para llevar adelante el ministerio y los demás deberes de la obra de Dios. Este entendimiento del sacerdocio de todos los creyentes ha llevado a los bautistas a creer que la autoridad suprema de la iglesia se encuentra en manos de los miembros de la congregación, bajo el señorío de Cristo, y no en manos de una jerarquía minoritaria. Como consecuencia, los bautistas han adoptado un 1 sistema congregacional de gobierno eclesiástico. Fue debido a su entendimiento de la Biblia como la única autoridad en asuntos de fe y doctrina que los primeros bautistas en el siglo XVII consideraron inconsecuentes varias prácticas que seguían siendo aceptadas por las iglesias reformadas después de su separación de Roma. Por ejemplo, ellos no veían base bíblica para la práctica de considerar automáticamente como miembros de iglesia a todos los habitan tes de cierta comunidad o parroquia, incluyendo bebés y personas no convertidas. Para los primeros bautistas sólo personas que habían aceptado a Cristo podían llegar a ser miembros de la iglesia local. Esto es lo que aún se conoce entre los bautistas como la membresía regenerada de la iglesia. Por otra parte, los primeros bautistas tampoco pudieron encontrar razones bíblicas para la práctica tradicional del bautismo de los bebés. En sus Biblias vieron que sólo aquellas personas que creen en Cristo y se arrepienten de sus pecados pueden ser bautizadas, y puesto que los bebés no pueden hacer esto, no debieran ser bautizados. En un tiempo cuando los cristianos en Europa en su mayoría, tanto católicos como protestantes, habían sido bautizados como infantes, esta posición conocida como el bautismo de los creyentes fue un concepto muy radical. Y aunque al principio de su historia los bautistas bautizaban a los nuevos miembros mediante el rociamiento, pronto descubrieron por el estudio del Nuevo Testamento que la verdadera forma de bautizar era por inmersión. En el bautismo por inmersión los bautistas vieron un verdadero simbolismo de lo que sucede en la conversión – la sepultura del viejo hombre y la resurrección a una nueva vida. También basados en las Escrituras, los bautistas comprendieron que el Nuevo Testamento no apoyaba que cualquier estructura eclesiástica u organización humana se considerara la verdadera iglesia. En cambio, vieron en las iglesias de los primeros cristianos congregaciones locales autónomas que escogían a sus propios líderes y que se relacionaban entre sí por estrechos vínculos de hermandad. En ninguna parte encontraron base alguna para un gobierno jerárquico y autoritario sobre las iglesias. Como consecuencia, los bautistas concibieron la iglesia local como una entidad autónoma cuya autoridad emanaba directamente de Jesucristo, su Señor y Cabeza, con la autoridad de manejar sus propios asuntos y determinar cómo relacionarse con las demás iglesias. Si las primeras iglesias bautistas comenzaron a formar asociaciones, fue de manera voluntaria con el fin de trabajar conjuntamente en la extensión del evangelio y hacer un trabajo más efectivo. Sin embargo, desde el principio fueron claros de que aquellas asociaciones u organizaciones no estaban por encima de las iglesias locales para dictarles lo que debían hacer. De este modo, los bautistas evitaron desarrollar cuerpos eclesiásticos que impusieran su voluntad sobre las congregaciones locales. Finalmente, su entendimiento del Nuevo Testamento condujo a los bautistas a la convicción de que cada persona es libre delante de Dios para adorarle, conforme a los dictados de su propia conciencia. Esta libertad, dijeron los bautistas, no debe ser violada por nadie, ya sea una organización eclesiástica o el poder civil. Desde el mismo comienzo de su historia, los bautistas se han distinguido por su amor por la libertad de conciencia, aun cuando muchas veces esto significó persecución para ellos. Fue esta convicción la que impulsó a Thomas Helwys, el líder de un pequeño grupo de creyentes que regresó de Holanda para fundar la Primera Iglesia Bautista de Londres en 1611, a encarar al mismo rey de Inglaterra en 1612 con las palabras: “El rey es hombre mortal y no Dios. Por lo tanto, no tiene poder sobre las almas inmortales de sus súbditos…” Esta misma convicción también movió a Rogelio Williams, ministro anglicano en Massachussets, quien fuera desterrado de aquella colonia por sus convicciones en cuanto a la libertad religiosa. Williams fue obligado a huir en un crudo invierno para encontrar refugio entre los indios. De aquellos indios compró un territorio donde estableció la colonia de Rhode Island, la primera colonia en América donde se le concedió plena libertad de conciencia a cada persona. Allí en 1639, Rogelio Williams fundó 2 la primera Iglesia Bautista de lo que más tarde se llamaría los Estados Unidos de América. Esta convicción bautista sobre la libertad de conciencia y la libertad religiosa influyó en gran medida en los fundadores de los Estados Unidos de América los cuales afirmaron en su Declaración de Independencia: “Todos los hombres … han sido dotados por su Creador con derechos inalienables… entre los cuales se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…” Y más tarde en la Constitución, en la cláusula acerca de la supremacía del gobierno nacional, artículo 6, se declaró qué “ninguna prueba religiosa será jamás exigida como requisito para desempeñar cualquier cargo público en los Estados Unidos.” Y finalmente en la primera enmienda a la Constitución se expresó claramente que “el congreso no hará ninguna ley en cuanto al establecimiento de la religión, o prohibiendo el libre ejercicio de ella.” El resultado fue una nación donde se mantiene una separación de iglesia y estado, un principio ardientemente defendido por los bautistas. Personalmente me encanta este espíritu de libertad que reina entre los bautistas, una libertad que exigimos no sólo para nosotros sino para todos. Como bautistas, hemos aprendido que para gozar de libertad debemos estar dispuestos a darla a otros. Sobre todo, reconocemos que el evangelio proclama la verdadera libertad pues fue el mismo Cristo quien dijo: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:32, NVI). Por todas estas razones, doy gracias a Dios por haberme conducido de tal manera